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El Taller Literario en vivo de Franco del Oste

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El Taller Literario en vivo de Franco del Oste
Taller literario online

Samanta Schweblin ganó esta semana el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros, por El buen mal. Sí, como leyeron: un millón de euros por un libro de cuentos. Lo dijo ella misma en la ceremonia: «Es un reconocimiento al género.» Y tiene razón. Un premio de esa escala para un libro de relatos es algo que pasa muy pocas veces, y que se lo lleve una argentina que viene trabajando tan bien, con tanto talento y profesionalismo, es una alegría enorme.
En Tlön, a lo largo del último año, trabajamos tres cuentos suyos: Mujeres desesperadas, Salir y El ojo en la garganta, que forma parte del libro premiado. Sus cuentos nos permitieron hablar de decisiones concretas de escritura, como qué hace una voz, qué pasa cuando una escena se demora, cómo un texto carga sentido sin explicarlo todo.
En una entrevista reciente con Página/12, Schweblin dijo algo que me parece muy interesante sobre lo que busca su escritura: «Lo raro descoloca, nos obliga a volver a mirar. Como esos momentos donde uno dice, “a ver a ver, un momentito”, y vuelve a mirar porque acaba de mirar sin ver, y de pronto intuye que ha visto algo fuera de lugar, anormal, imposible. Entonces nos alarmamos, “¿qué vi?”. Esa idea describe bastante bien lo que uno encuentra cuando lee sus cuentos.

El suple no entra en el cotorreo típico de las redes con los ricos y famosos, sólo recuerda el debut de Samanta inedito en Oestiario, año 2002

En Salir casi todo el peso cae sobre una situación detenida. Una mujer tiene que decir algo y no logra hacerlo. El cuento podría empujar esa escena hacia una confesión, una pelea o una separación. En cambio, hace otra cosa. La mujer baja, camina como en un trance. El centro del cuento sigue siendo eso que no se dijo y quedó pendiente, pero la narración se corre hacia los movimientos, el cuerpo, el recorrido. Ahí aparece una lección útil para quien escribe: un cuento puede sostenerse aunque (y quizás porque) aquello importante no se nombre.
En El ojo en la garganta, en cambio, el cuento se apoya en una historia durísima y en una voz narradora extraordinaria: un hijo que cuenta su propia historia y al mismo tiempo se acerca, de un modo extraño, a la conciencia del padre. En la conversación del grupo pensamos que el drama pasa por la culpa del padre y por la imposibilidad de reconstruir un vínculo después de eso. El cuento avanza sobre ese terreno con una tensión muy difícil de lograr, porque conmueve mucho, pero nunca cae en el golpe bajo. Además, tiene un manejo del narrador que es técnicamente de lo mejor que hayamos leído en narrativa contemporánea.
Mujeres desesperadas, leído junto con esos otros dos, deja ver otra zona de su escritura: personajes llevados hasta un borde donde lo cotidiano ya no termina de encajar. Basta con que una situación empiece a torcerse. Lo que Schweblin llama «la locura» es eso: «ese comportamiento fuera de las etiquetas que socialmente acordamos como lo normal y lo posible», dice en la misma entrevista. «Si este mundo es una pava hirviendo, la locura es la válvula de escape.»
Continuará