La memoria como escenario rotativo : Farsa e identidad en el Teatro Presidente Alvear hasta el 2 de agosto
En el panorama del teatro independiente y contemporáneo, las producciones de Mariano Pensotti y el Grupo Marea se han caracterizado por interrogar de manera persistente las fronteras entre la realidad, la auto ficción y el archivo histórico. Tras un exhaustivo recorrido por salas europeas, el estreno de La Obra en Buenos Aires despliega un artilugio escénico de gran ambición conceptual con la sala llena. La pieza no se propone como una simple dramatización del trauma del pasado, sino como una profunda indagación sobre el modo en que el presente representa y consume la violencia histórica a través de realidades superpuestas. 
El dispositivo técnico espacial opera como el primer umbral de extrañamiento para el espectador. La ruptura de las convenciones tradicionales se manifiesta en la escena de apertura: un monólogo pronunciado en una lengua extranjera por un director libanés (Walid Mansour), cuya mediación semiótica queda expuesta a través de una pantalla que traduce simultáneamente al español. Sus palabras se corporizan de manera radical en el diseño escenográfico de Mariana Tirantte. Al desplazar la acción hacia un escenario circular se observa que los actores están en constante movimiento rotatorio, lo que hace más emotivo e intrigante lo que vendrá. La puesta en escena obliga al talentoso elenco (Alejandra Flechner, Diego Velázquez, Susana Pampín, entre otros) a habitar una inestabilidad espacial permanente aunque logran dominarla perfectamente. El escénico giratorio funciona como una metáfora del tiempo y el recuerdo: una superficie móvil donde los
fragmentos del pasado confluyen y se reescriben ante la mirada del público.
El núcleo argumental de la pieza desarticula de forma incómoda la ética del testimonio. La historia nos traslada a la década del sesenta en Coronel Sívori, un pueblo imaginario de la provincia de Buenos Aires adonde llega Simón Frank, un supuesto judío polaco que escapó de los campos de concentración. Frank emprende un proyecto monumental: reconstruye su casa natal de Varsovia y convoca a los aldeanos para que dejen de ser espectadores y se conviertan en actores de su vida anterior. Lo que inicialmente se lee como una catarsis colectiva y un espacio sensible que dejó huellas en el personaje, deviene la mayor de las farsas cuando se revela la verdadera identidad del protagonista.
El aparente sobreviviente esconde un secreto terrible; el teatro ha sido el refugio estratégico del victimario, quien se apropia de la estética del trauma para garantizar su impunidad.
Años después, en 2021, la investigación de Mansour introduce una nueva capa de representación: una trama sobre la trama; que incorpora un minucioso registro documental audiovisual. Esta combinación de lenguajes expone cómo el presente mastica la memoria, transformándola en infinitas capas de simulación donde el acontecimiento original parece desvanecerse.
A pesar de la opacidad ética que plantea este juego de espejos, La Obra evita clausurarse en el escepticismo. Es precisamente en su tramo final donde la propuesta revela su dimensión más lumínica y transformadora .Al exhibir de manera brutal las vísceras del juego teatral, Pensotti demuestra que si bien el escenario puede ser utilizado para la impostura y el ocultamiento, es también el único lenguaje capaz de desmontar sus propios engaños desde adentro.
Realmente es una obra que no pueden dejar de ir a ver, totalmente recomendable. como un faro capaz de iluminar las zonas oscuras de nuestra historia por ser una obra dinámica en la cual el mecanismo del secreto potencia una teatralidad donde cada actor empatiza y emociona al público a través de la ductilidad de sus personajes.
Nota Ivana Szac, Fotos Alberto Trinckler